Últimamente parece que ser fotógrafa no basta. Tienes que ser también community manager, diseñadora, copywriter, analista de métricas, influencer de tu propio ego y, si te sobra tiempo, pues ya si eso, hacer alguna foto.
Te hablan de visibilidad, de engagement, de crear contenido “de valor”. Pero nadie menciona que ese valor se mide en likes o publicaciones compartidas y no en emoción.
Y ahí estás tú, cámara en mano como una g****, como la canción de Javier Kraeh, intentando recordar por qué empezaste a fotografiar mientras un algoritmo decide si existes o no.
No es que no entienda la necesidad de mostrar mi trabajo (claro que hay que hacerlo), pero una cosa es compartir lo que haces y otra es convertirte en tu propio anuncio ambulante.
Porque si tienes que pasarte el día planificando publicaciones en vez de haciendo fotos, algo se ha torcido.
Yo no quiero competir con los reels, ni disfrazar mi mirada de campaña de marketing. Si es que no valgo para ello…
Quiero hacer fotos, no vender un personaje.
Y si eso significa tener menos alcance, menos likes o menos “oportunidades”, que así sea.
Moraleja: Sí, soy una fotógrafa excelente… invisible, pero excelente. Y aunque nadie me vea, seguiré disparando… Porque quizá no sé jugar con el algoritmo, pero sé mirar.
Y eso, todavía, debería valer algo.

No responses yet